EL PRÍNCIPE DE LAS NUBES

 

El poeta se asemeja al príncipe de las nubes.

Baudelaire.

 

Sumido en el letargo de su valle, atrincherado contra el tiempo, emerge el pueblo al que ahora regreso y que me recibe con la suave brisa del meditarráneo, haciéndome levantar la frente para ver el cielo azul de septiembre. Hace años, un sábado como hoy, estarían compitiendo los colombaires con sus palomos de colores lanzados al vuelo como fragmentos de arcoíris, mirando desde las azoteas la danza de plumas o estrellas fugaces a las que apostar el almuerzo; pero hace tiempo que apenas hay gente aquí y nadie cría ya niños ni pájaros, solo recuerdos. Cuentan tras los visillos de las abandonadas calles, que el último en soltar sus aves fue Miguel, el poeta, quien jamás compitió con el resto y siempre esperaba a que retornaran los palomos a las jaulas de sus vecinos para iniciar su obra, un poema efímero y nuevo cada semana, con la tinta invisible del aleteo amaestrado de su parvada. Lo que hacía Miguel era atar a la pata de cada pájaro un verso, que memorizaba previamente y asociaba a cada animal, y luego soltaba tantos pájaros como versos quisiera para su composición que veía reordenarse en el aire hasta encontrar el ritmo justo y, entonces, recitaba a viva voz desde su tejado el poema resultante con la belleza de un dios profético. Los que aún conservan memoria, afirman que el último poema fue un soneto, vieron catorce picos atravesando el cielo con las alas desplegadas batiéndose unidas, encabalgadas al son de las campanas de la iglesia. Primero, separándose de la bandada, los dos cuartetos se posaron en el tendido eléctrico, solemnes, mirando al poeta para que los asumiera definitivos, e inmediatamente después con mayor timidez acudió el primer terceto a la rama desnuda de un almendro. Miguel, satisfecho, empezaba a aclarar su garganta, cuando de pronto pudo ver como su último terceto desencadenado del resto, se fugaba rápidamente hacia el horizonte, dejándole en los labios los versos finales que no llegaron a oírse nunca en el pueblo: sin alimento en la tierra baldía / y de solo conversar con el viento,/seremos el idioma de la ausencia.

Comentarios